Existe una gran subordinación a la materia, al confort. Buscamos nuestro equilibrio creándole desequilibrio al subdesarrollado. Nuestra máquina capitalista no tiene freno, devora cantidades ingentes de energía y genera cantidades inmensas de excedente y desechos. Muchas personas basan su estilo y calidad de vida en lo que se posee, en tener más, en la imagen que se proyecta sobre los demás, en los logros y reconocimientos. Esta sociedad, especialmente la occidental, tampoco favorece la interiorización, ya que vive sujeta a la percepción unidireccional de los extremos, que no favorecen nuestras posibilidades de ampliación neuronal. Esta visión del mundo moderno es compartida por todos.
El ser humano se desquicia víctima de las presiones de un sistema que sólo quiere autómatas y esclavos. Masas que siguen a la zanahoria como en el cuento del asno, no importa que el mundo se vuelva un polvorín nuclear, o un basurero, el futuro en realidad no importa, sólo consumir el presente. Cada persona es un TODO, con un conjunto de sistemas afinados desde el nacimiento para hacer armonía, pero que se desajustan por efecto del entorno social. Un entorno que no favorece la individualidad y que niega la espiritualidad más allá de la visión impuesta por dogmas y monopolios ya sean científicos o religiosos, no es un entorno afín a la naturaleza humana. A raíz de la llamada “nueva era” han surgido infinidad de corrientes holísticas cuya finalidad es orientar al ser humano a la unidad y al equilibrio interno con conceptos y métodos que son alternativas claves para evolucionar psicológica y espiritualmente. Han surgido como iniciativas humanas con una necesidad urgente de rescatar una escala de valores que nos impulse hacia nuevos planos de crecimiento y convivencia humanos. No nos engañemos, la espiritualidad es necesaria porque implica desarrollo, evolución y trascendencia, es profundizar en el sentido real de nuestra existencia y esto pasa necesariamente por un trabajo personal y consciente, de comprensión de lo que es nuestro Yo, nuestro Ser, nuestra identidad real. La personalidad en este caso es una envoltura que adoptamos para adaptarnos a la vida social, necesaria, pero que en muchos casos no va acompañada de un trabajo consciente sobre naturaleza profunda.
Todo viaje a nuestro Yo mira hacia el interior más allá de lo antropocéntrico para ayudarnos a ampliar nuestra consciencia y exije conocer el funcionamiento de nuestra psique, emociones, sentimientos, pasiones, instintos y también nuestro cuerpo y su funcionamiento porque es la forma material en la que se contienen, ésta es nuestra fisiología interna y desde la perspectiva holística, aunque parezca difícil de entender, es similar a la fisiología de la vida que nos envuelve. Sabemos que armonizar es el arte de combinar y crear correspondencias, de formar y enlazar en concordancia las partes, así es como se crea la música. Pitágoras hizo de la armonía una ciencia y un arte, su escuela empleaba la música como medio para comprender el cosmos. En este contexto se sitúa el ser humano, las mismas leyes que sustentan el universo actúan en nuestro interior y dan sentido a nuestras vidas pero nos cuesta aceptar este hecho y nos mantenemos alejados de la dinámica universal en un aislamiento antropocéntrico, creyéndonos el centro del universo. En realidad esta actitud nos ha hecho mucho daño porque ni lo somos ni podemos serlo.
El universo, el sentido de la vida, es un gran misterio al que sólo se ha aproximado la tradición antigua, la filosofía oriental, y muy recientemente la nueva ciencia. Al creernos el centro del universo también nos hemos hecho amos del mundo, y lo hacemos como depredadores, maltratando la naturaleza, expoliando los recursos, contaminando la atmósfera, creando urbes gigantescas que consumen y derrochan, que imponen sus reglas y se extienden de forma geo-estratégica, colonizando a expensas de crear desigualdades planetarias y desequilibrios ecológicos. Esta situación ha guiado al hombre moderno a un punto máximo de inflexión llevándonos a una crisis aparentemente económica y social, pero que también es espiritual porque conlleva pérdida de valores. Estamos separados, por fronteras, por razas, por clases sociales, por castas, por etnias, por creencias, por religiones, por nacionalismos, por sexos. También el conocimiento lo hemos separado: en ciencias, en especialidades y seudo-especialidades, en enfoques, en hipótesis diversas. Los males sociales germinan aquí. No es un mundo que fomente la unidad aunque alimente a masas, no facilita la individualidad aunque fomente el individualismo, no tiene claros los conceptos porque ha prostituido la semántica, no se conecta con lo cualitativo porque sólo ve lo cuantitativo, lo físico, lo material. Si el mundo estuviera unido existiría armonía e igualdad, pero el orgullo, la vanidad, la soberbia, la ambición, la codicia, el egoísmo, la imagen, la ira, la gula, la apatía y la pereza están aquí, entre nosotros, desde años inmemoriales, haciendo estragos en un mundo que basa su escala de valores en tener y estar para “ser”.
La patología surge aquí, nuestras enfermedades nacen aquí. Habría que plantearse qué le ocurre al ser humano, por qué no despierta, por qué se niega a sí mismo ser feliz, por qué para él “Ser es tener”, por qué Ser es simplemente estar. Existen muchos interrogantes sin respuesta, estamos en nuestro derecho si miramos para adentro, afuera hay demasiado entretenimiento, demasiada embriaguez y somnolencia, demasiada obediencia a una realidad impuesta y sospechosa, demasiada sugestión, demasiada información, demasiado conocimiento prostituido y malversado.
La humanidad como sistema anda a trancas y barrancas. Nuestra civilización hace aguas, el mundo se estremece…






















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