Tuve la suerte y la oportunidad de conocer a estos viejos amigos. Los Ángeles En La Cocina, trabajaron y convivieron en el mismo tiempo y espacio que yo. Ocurrió en una antigua casa colonial, envuelta en interminables viñedos y entre sinuosas montañas. Era un lugar inigualable, implicado en los matices azul, malva y rosa de la cordillera del Garraf.
En aquellos días, que se estiraron varios inviernos y varios veranos, disfruté y disfrutamos todos de la compañía de Diego y Olga; fueron veladas inolvidables, a la luz de la luna, frente al surtido huerto ecológico y a la dulce sombra de los olivos centenarios; y siempre con el ajetreo de la cocina como fondo. Esta pareja sencilla y apasionada de los fogones y la alta gastronomía que consiguió conquistar el paladar de lugareños y extraños, disfrutaba con un simple bol de berberechos y un plato de sencillas aceitunas arbequinas. No olvidaré aquellos momentos porque son los pequeños instantes con los que nos enseña y regala la vida.
Aún recuerdo aquella noche de invierno, cuando en pleno diciembre la cocina se inundó de trasiego y calor humano. Volaron los platos y los fogones de vistieron de color y magia. Como la masía estaba aún en reformas acostamos unas viejas puertas sobre unos caballetes y convertimos el viejo establo en regio comedor Allí, entre tendederos, telarañas, tinas de aceite y gastadas cestas de mimbre, tuvo lugar una fiesta mágica e inolvidable: para los ojos, el tacto y el paladar. Los platos, con sus formas, texturas y sabores llenaron la mesa como un lienzo vivo y humeante. Carnes y pescados, frutas exóticas y hortalizas, quesos acompañados de frutos silvestres, aderezados con siropes, purés, salsas y espumas. Hubieron buenos vinos, pero destaco el Cabernet y Sauvignon del lugar, tan oportuno, espirituoso y musical que se apoderó plenamente de nuestros sentidos. Conversamos y cantamos hasta el amanecer.
Después de aquella noche pasaron muchas cosas, demasiadas como para hacer de ellas una simple historia. El tiempo pasó, nuestras vidas derivaron y también se renovaron.
Transcurrido unos años volví a saber de nuevo de ellos: los ángeles seguían tras los fogones.
Recibí la llamada en plena mudanza, cuando me trasladaba del Pirineo al barrio de Gracia, en Barcelona. Los Ángeles andaban ahora envueltos de nuevo entre fogones y comedores, ahora en el Camí de l´Esglesia, en Gallifa. Subimos a su encuentro hace muy poco, con dos lubinas frescas, y nos recibieron amorosamente, en la vereda de piedra y frente a un hermoso mirador desde el que se puede observar toda la villa. Nos acompañaron a una cálida mesa frente a la chimenea y en compañía del fuego nos sirvieron meloso de ternera, civet de jabalí y canelones de bolets acompañados de un cariñena. De postre: flan de mató con frutos secos y espuma de crema catalana con salsa tofe. Cada plato acompañado de la sonrisa y las sugerencias de Olga que sabía aún mejor. Al final de la comida Diego y Olga se sentaron en la mesa y charlamos. Me explicaron que su cocina es de mercado, y que se rige por las estaciones. Ah, y que los niños no son nunca un problema. Yo sólo pude decir que sentía que su cocina había evolucionado.Pero lo verdaderamente importante,-por lo menos para mí- es el mimo y la pasión con que estos ángeles hacen de la cocina un lugar alquímico y mágico.
Una experiencia para recordar...
Gallifa (Barcelona)
Tel. 93 866 20 85
























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