Un día para acordarnos de nuestro planeta y los seres que lo pueblan. Es bueno que recordemos cuál es en realidad la casa de todos. Y es bueno que al recordarlo unamos voluntades para crear algo verdaderamente nuevo y edificante, algo que no sea tanto la cantinela del más de lo mismo, el desfile de los de siempre y la ausencia de los que importan.
Ajetreo de turistas, gente nueva y los habituales, los escenarios de siempre y alguna que otra novedad que añadir al más de lo mismo. El día, soleado y agradable invita a disfrutar la calle. Los visitantes despiden cierta plétora primaveral entre juvenil y feromónica: los guiris con su piel roja y achicharrada, los foráneos con la piel aún pálida. Los adolescentes impacientes, las parejas pletóricas y las familias risueñas con sus pleyades consentidas. El atuendo para el momento deja traslucir una tendencia multiforme, entre hippy y alternativa. El tañir del digeridoo y los yambees añaden algo del exotismo con que se aderezan estos eventos. Carritos multicolores de marca con niños que comen galletas de sésamo, padres que por un día son vegetarianos y degustan una hamburguesa de soja o tofú, bicicletas que se hacen sitio entre la multitud entre apática y alborozada. Mochilas de macramé, pantalones de lino tintados, artesanos y ambulantes, protectoras de animales, tartas de queso, libros sobre profecías y senderos espirituales, pirámides de cuarzo, mandalas coloreados, sanadores de la energía universal con gesto de iluminados, sirenas, asiduos del yoga por un día y vegetarianos urbanos, japoneses fotografiándose, panaderos con las manos en la masa, marujas de pelo rosa o añil que leen el aura y predicen el karma, gente que se esconde para fumar un cigarrillo y gente que se lo fuma sin complejos. De fondo la música de percusión, hilarante, lacónica, entonando un ritmo hipnótico y al tiempo estimulante.
Mientras los altavoces recuerdan que se ha encontrado a una niña, una pareja se da cuenta de que le han robado la mochila. La multitud se hace cada vez más espesa y se respira un trasiego entre el interés y la indiferencia. Pelos teñidos y trenzas rasta, “Eau de Rochas” y bolsos de “Prada”. Aceite de coco made in barceloneta y pachuli suversivo. De nuevo sonidos de percusión, pies calzados en sandalias de cáñamo, tatuajes taitianos, cuencos de cobre y humo silente de sándalo; y algún que otro porro clandestino burlando el olfato de la policía. Encuentro de amigos que se encuentran y niños que corretean descalzos en la hierba, alguien que duerme ajeno a la siesta, paseantes a la deriva por el lago de la Ciudadela; ancianos que coleccionan folletos que nunca leen. Todo indica que se celebra una fiesta multiétnica, multicultural, multi-chillout. ¿Un reflejo de lo que podría ser un futuro de concordia y tolerancia? ó ¿Un reflejo de algo que se vive como una moda?. ¿Una nueva edición festiva con algún que otro mensaje oculto tras una apariencia de aplastante normalidad?
¿Lo más interesante?: quizás esos niños de uñas sucias y ojos vivarachos y presentes, que con sus pelos engreñados y el rostro pintado de chocolate, conspiran contra la falsa higiene respirando otro posible imaginario. Esos niños que no interpretan ni recitan, esos niños que desde muy afuera del escaparate festivo son simplemente ellos mismos. Niños que caminan y que desean encontrarse con los ojos de otro niño. ¿No hay acaso sorpresas para ellos?






















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