ASOCIACION INTERNACIONAL DE INVESTIGACION Y DIVULGACION HOLISTICA

Ayunar no es morirse de hambre


Una vez hube empezado el ayuno, tanto la intoxicación como las erupciones desaparecieron a los pocos días, junto a una indescriptible sensación de bienestar y una intensa calma y claridad mental. Recuerdo como se afinaban los sentidos, que podía concentrarme con más precisión y profundidad. Podía ver, sentir y percibir cosas con gran lucidez, incluso de manera extrasensorial. Todo sin abandonar mis responsabilidades cotidianas. Recuerdo estudiaba con mucha fluidez, podía memorizar fotográficamente mientras leía, con todo tipo de detalle, y que poseía una gran capacidad asociativa.
El hambre desapareció pasados unos días, en los que como dije sólo tomaba agua destilada acaso con unas ramas de romero, tomillo o de aloe vera. En condiciones normales el organismo consume la glucosa que entra con la alimentación habitual, pero con el ayuno es diferente. Muchos autores coinciden en que el mecanismo del hambre está controlado por el hipotálamo, por una zona de este llamada “centro del hambre” que funciona al ingerir comida o por la acción de reflejos externos condicionados (olores, visiones, etc) . Cuando no se absorbe comida esta zona activa una compleja cadena de reacciones. Se sabe que el organismo dispone de mecanismos alternativos para producir glucosa y mantener los niveles adecuados de glucemia, el mismo hígado posee reservas de moléculas de glucosa en forma de glucógeno, además puede producir glucosa a partir de las grasas y las proteínas almacenadas. Es sabido que estas vías de reserva pueden proporcionar glucosa al organismo durante periodos más o menos largos y que éstas pueden activarse instantáneamente o después de un cierto tiempo.


Cuando pasamos cierto tiempo sin comer se produce un descenso de la glucosa en sangre (glucemia), que es esencial para el correcto funcionamiento del sistema nervioso. La conocida sensación de desmayo durante el ayuno pueden producirse por esta razón ya que al parece la glucosa juega una importante función en el disparo del mecanismo hipotalámico.

Yo no llegué a tanto pero según multitud de testimonios el hambre vuelve a aparecer de modo feroz hacia los cuarenta días, exactamente el tiempo que emplean los místicos en sus ayunos (recordemos el caso de Jesucristo). No se sabe exactamente por qué ocurre esto, pero parece verosímil que al ayunar nos alimentamos de nuestras propias reservas a (proteínas y lípidos almacenados) y también de toda suerte de substancias de desechos y toxinas ya acumuladas con anterioridad, o sea, se produce algo así como una autodigestión. Pero no es un fenómeno alarmante sino totalmente selectivo ya que los tejidos más nobles se preservan mientras se autodigieren los elementos nocivos, los tejidos patológicos y tumoraciones, las grasas y el colesterol. Esta sabiduría del cuerpo es innata y responde a la desintoxicación que buscamos. Esa hambre feroz aparece justo antes de que empecemos a autodigerir en orden inverso, o sea, los músculos, huesos y órganos vitales. Ante esta señal que nos envía el cuerpo es cuando debe detenerse el ayuno, justo antes de que se puedan producir alteraciones graves en el mismo. Este punto es el que marca la reaparición de esa “hambre feroz” a la que me refería.

Es a todas luces un hecho que durante la desintoxicación nuestros órganos ya sobrecargados a causa de una dieta inapropiada reposan y se reactivan favoreciendo funciones restaurativas junto a la depuración general del cuerpo. De esta manera el organismo modifica las funciones metabólicas, renovándose celularmente y rejuveneciendo las glándulas, órganos y tejidos.




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