ASOCIACION INTERNACIONAL DE INVESTIGACION Y DIVULGACION HOLISTICA

Ángeles anónimos



Los ángeles existen, yo conozco a unos ángeles; muy humanos por cierto. Nadie diría que son ángeles, porque pasan desapercibidos y porque no tienen aspecto de seres celestiales, pero sólo sus presencias rebosan belleza. Los puedes encontrar en el bar tomando café sin azúcar o eligiendo un jamón que nunca faltará en casa de sus bisnietos. También puedes verlos entrar y salir de una caja de ahorros; nadie sabe cuáles son sus secretos, ni lo que susurran entre ellos.

A primera vista no parecen seres angelicales, no parecen interesados en mostrarse ni en desplegar sus poderes, pero sutilmente lo hacen, como simples personas que se levantan cada mañana para vivir y contar un nuevo día. Suelen trasnochar porque en la noche viven más que descansan; y al madrugar se desperezan sin quejas ni remilgos. Por la mañana dejan la comida y la cena preparadas, dejan las camas hechas y la casa limpia junto a las facturas pagadas.

Cuando bajan en el ascensor y cruzan la calle, todos creen adivinar a dónde se dirigen sus pasos, pero no tienen idea de a dónde vuelan sus espíritus. Saludan a los conocidos, con una sonrisa amplia, pero saben y ven más allá de sus limítrofes almas. Como no ocultan nada, critican de ellos que ocultan algo; como no predican sus sufrimientos, los escrutan para encontrarlos imperfectos; como no escudriñan en las ventanas, los imaginan al acecho; como son afables y cordiales, indagan en sus defectos.

Por fuera son normales y cordiales, por dentro son generosos y compasivos. Para ellos la normalidad es una atmosfera que protege sus limpios corazones, que no albergan sospechas ni maquinan maleficios. Sus sutiles inteligencias flotan sobre los pensamientos maldicientes.

En el trabajo, sea lunes o sábado, llueva o haga calor, soportan horas y horas de trasiego humano y rutinas interminables. Aún con los pies hormigueando y aunque las piernas les pesen como plomos, mantienen su lugar en el mundo y sonríen diáfanamente. Tras el mostrador escuchan y soportan compasivamente los anhelos y penas, las alegrías y las miserias de todos cuantos los buscan y los necesitan. Soportarán resignadamente todo cuanto les venga mientras su misión en la vida se lo permita o hasta que se les caliente un divino cable o alcen por fin su alado vuelo. Sus almas antiguas llevan siglos entre nosotros, saben sin leer libros, conocen sin necesidad de rodar el mundo, comprenden por pura empatía.

Lo que nadie sabe y lo que todos ignoran, es, que estos ángeles, tan distintos y al tiempo semejantes a nosotros, participan activamente en la obra del nuevo mundo. Sus aparentes pequeños gestos e imperceptibles pasos son los grandes pasos que abren en el presente los océanos hacia un nuevo concepto del universo. Sus aparentes pequeñas vidas son el motor silencioso de una gran vida que germina y brota hacia el futuro, que asoma tímida y cauta entre los rayos de cada amanecer. Sólo son puntos que se mueven en un mapa, pero sus hilos de unión con el cosmos se extienden como hologramas más allá de las regiones infinitas.

Son los ángeles de hoy. Sus alas doloridas apenas asoman invisibles al llegar la noche. Frente al aburrido televisor que emite medias verdades, mentiras y más tragedias, los ángeles anónimos conversan y velan por las almas que nacen.

Lo hacen en un dialecto silencioso, femenino, e imperceptible al sordo oído del paranoico aprendiz de ángel que ronca y duerme apacible; ajeno al ruido; y a lo que se cocina fuera y dentro del mundo.



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