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CineZen: hasta el infinito y más allá (F.Cañizares)




A menudo me viene a la mente esa frase ¡Hasta el infinito y más allá! podría contener conceptos metafísicos, matemáticos e incluso cósmico suficientes para la reflexión. Y, quien lo iba a decir, tal frase en encuentra en una película. La palabra “película” ya tiene para muchas personas connotaciones de “cuento chino”. Lo cierto es que yo no pienso igual. Creo que a través del cine, como de las otras artes, se llega a la esencia y espiritualidad individual, colectiva, e incluso cósmica. Si, encima, le añadimos que tal frase pertenece a la película TOY STORY, y que es una producción de animación producida en los “Pixmar Animation Studios” de la productora “Walt Disney Pictures” ( 2 de noviembre de 1992), tenemos una cinta de dibujos animados que “parece” ir dirigida a los niños. Sin embargo, si observamos con atención la película veremos reflejados, en ella, todas la vicisitudes, ambiciones, frustraciones, epopeyas, sueños, deseos, temores, etc., etc. que rigen la vida de los adultos.

ANDY es un niño cualquiera que vive en el seno de una familia media americana (léase U.S.A). Como es “normal” el niño tiene muchísimos y muy variados tipos de juguetes. Es inminente el cumpleaños de Andy y, como consecuencia, también se espera que éste reciba un nuevo aluvión de juguetes, De repente sus viejos juguetes cobran vida. Están alborotados porque temen ser sustituidos por los nuevos juguetes cuya próxima aparición parece ser cuestión de horas. Los viejos juguetes no saben que hacer, ni como reaccionar. Aparece la angustia, el miedo. Pero de entre todos ellos aparece uno que no está tan estresado: es WOODY. Woody es un esbelto vaquero a quien su amo, Andy, tiene un especial cariño. Sabedor del aprecio que siente por él su dueño, el vaquero se muestra confiado, con mejor humor. El miedo no ha hecho tanta mella en su capacidad de raciocino y capitaliza su ausencia de estés ayudando a los demás a pensar. Los nuevos juguetes aún no han llegado, pero la madre de Andy le adelanta uno que le tenía preparado. Se trata de una réplica del héroe de moda en su serie de televisión preferida, el intrépido BUZZ LIGHTYEAR. El problema en que el bueno de Buzz Lightyear no llega a distinguir que, en realidad, él no es el héroe televisivo que incluso es capaz de volar. Él cree realmente que es el auténtico. Su desengaño llega cuando, finalmente, ve por un anuncio de televisión que él es sólo un juguete. A partir de ese momento la trama se va humanizando más y más. La cruda realidad atenaza a los pobres juguetes quienes, definitivamente, se ven abocados a plantearse todas las cuestiones que deberán resolver para salvar su pellejo, con la agravante de tener que darse también una respuesta al porqué de su existencia, a su verdadera identidad, al sentido de sus vidas . Y yo preguntaría ¿no nos recuerda algo, todo esto?

Mi amigo Tato me despertó el interés por la trilogía MATRIX. De nuevo el cine, por medio de una metáfora, intenta que se ilumine aquella parte de nuestra conciencia que no nos habíamos parado a contemplar. Los planteamientos de Matrix son tantos que, a cada persona, le aportarán unos interrogantes o unas respuestas diferentes según el prisma de la persona que la observa. El paralelismo de la trilogía con la doctrina bíblica parece fuera de duda: Neo (One al revés), Oráculo, Trinity. En fin, su análisis ha hecho correr ríos de tinta entre sus aficionado. No es la primera vez que en el cine se enfrenta la máquina y el hombre. Siempre me fascinó la película BLADDE RUNNER (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?) del director Ridley Scott (1982). En esa historia , se han creado androides para que sean más humanos que los humanos, en especial la última generación de replicantes, los Nexus-6. Su cabecilla es Roy Batí (Rutger Hauer) y su blade runner (exterminador) es Rock Deckard (Harrison Ford) quien las pasa putas para darle caza. Antes de morir, Roy dedica sus últimas palabras al propio Deckard, palabras por otra parte ya míticas en la historia del cine:

“Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orion. He visto rayos-c brillar en la oscuridad, cerca de la puerta de Tannhäuser.

Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”

En mi última experiencia religiosa antes del despertar he visto en mi mente la proa de “La Pinta”, la nave que llegó, capitaneada por Colón, al nuevo mundo. Me refiero a la película “1492, La conquista del paraíso”, nuevamente del director Ridley Scott (1992). Muchas son las conclusiones que uno puede sacar de ella. Unas favorables al descubrimiento, otras contrarias, otras indiferentes a esa polémica. Yo aparco esa polémica (no quiero actuar de juez). Permitidme que me deleite con la mente de Colón que va más allá de unos hechos materiales y políticos. Me fascina que el hombre tenga impreso en su ADN la “obligación” ( es como un mandato impreso en nuestros genes ; es como una orden impresa en el software que nos rige) de “conocer”, de explorar ¿quién sabe si hasta el infinito y más allá?

F. Cañizares

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