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Mi hijo está gordo



¿Quién no tiene en su casa una imagen de querubines rollizos y asexuados? Esta imagen está presente en el inconsciente colectivo de todo el planeta. Que se recuerde, toda la vida se ha considerado a un niño rellenito y sonrosado como imagen de salud infantil. Muchos de estos niños están ahora aquejados de trastornos como la obesidad mórbida, la hipertensión, el colesterol y/o la hiperglucemia. Entre las causas: la administración ingente de la santísima y venerada leche de vaca y cómo no las grasas saturadas y las calorías vacías de los refinados y farináceos.

Vivimos en uno de los países (España) con más índice de obesidad del planeta; claro que en un ranking por debajo de los norte-americanos en cuyas pijas series televisivas sustituyen a los habituales transeúntes abundantes en chichas por apolíneos figurines ficticios; ocultándolos como los australianos ocultan en los guetos a sus aborígenes.
A ojos de quien no se entera de nada, da la impresión de que la gordura sea hermosa o esté de moda, ¡pero no!, ¡no es este el caso! La gente está loca por ser delgada y estar guapa, como si disfrazando el chasis ya encontraran la meca de la felicidad. La moda más bien es estar huesudo y con aspecto anoréxico. Aquí la gente se muere por comer menos, mientras que en el tercer mundo: ¡se muere de hambre!



La obesidad es una pandemia influida por muchos factores, entre ellos, tres predominantes y decisivos: la ignorancia, la indulgencia y el auto-sabotaje. Y lo digo con todo el respeto que merecen las personas esclavas de la dictadura adiposa. La antedicha ignorancia deviene de una sociedad que desinforma e incentiva por un lado, y que facilita la auto-indulgencia por otro: indulgencia que denota cierta falta de consciencia. En cuanto al auto-sabotaje: ¿No es acaso una forma de castigarnos porque estamos insatisfechos y no nos queremos? En el otro extremo -pero muy relacionado- encontramos la bulimia y la anorexia; trastornos quizás metafísicos de la identidad.


No exagero cuando hablo de ignorancia ya que al generalizar meto en el paquete años de postguerra y decenios de multiformes desequilibrios alimentarios que nacen en los excesos y las incompatibilidades alimentarias y que han acabado perturbando el metabolismo y la genética de varias generaciones. Esta es, a mi parecer, una anomalía kármica producida en masa en la factoría misma de la modernidad y el consumo.


En estos días es habitual en los telediarios la noticia de cierta familia rumana que tiene que entregar la tutela de su hijo a los servicios sociales ( y si no lo hacen ... pa la cárcel) porque ha llegado a unos niveles de gordura exorbitantes: más 70 kilos (antes pesaba unos cuantos más) con tan sólo 10 años. Estos pobres padres emigrantes, aquejados probablemente de una ignorancia supina y arrastrados por cierta forma aberrada de amor a su hijo, lo estuvieron alimentando (por no decir cebando) hasta los límites de lo absurdo. Se han convertido sin pretenderlo en chivos expiatorios que sirven de espejo a una sociedad que los juzga pero que no es diferente a ellos; aunque sí indiferente. Este niño -como tantos otros niños obesos en el anonimato- es víctima de dos pecados capitales: la gula y la lujuria; pero en sus facetas mas físicas y gastronómicas. Son de hecho los mismos pecados que aquejan a una sociedad que calma sus instintos y sofoca sus problemas existenciales de autoestima y afectivos narcotizándose con la comida, la televisión y play-station, con las drogas y el consumo compulsivo.


No hace mucho me visitó al consultorio una mamá muy preocupada con su niño, éste apenas tenía 12 años y pesaba más de 80 kilos. Su mamá estaba muy alarmada porque el niño sufría de una galopante obesidad mórbida que literalmente no lo dejaba “ni respirar”. ¡Y no exagero! El niño ciertamente más que hinchado estaba requintado. En su iris quedaba reflejado el deterioro metabólico y glandular. Seguí indagando y su mamá por fin admitió que le daba la cortisona para curar el fuerte asma bronquial que lo aquejaba, evidentemente durante todo este tiempo se había hecho la loca ya que un tratamiento médico de un mes ella lo había prolongado por más de un año.

-¡Pero mujer! ¿ por qué le sigue dando la cortisona?
- ¡Ay señor Tato, es que el médico no me dijo hasta cuándo! y el niño estaba tan bien..!


Cuando le dije que la cortisona sólo ocultaba los síntomas del trastorno ella dijo:

-¿Pero no está ya curado del asma?.
- ¡Nooo señora Muchausen, nooo..! Su niño está ahora aún más asmático… y más gordo.



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