ASOCIACION INTERNACIONAL DE INVESTIGACION Y DIVULGACION HOLISTICA

Sangre fresca


“Vampiros somos, que juegan a ser humanos, que juegan a ser vampiros”.
Entrevista con un vampiro.


El vampiro actual es urbanita y vende muy bien su ficción: es “especial” y mantiene vivos sus instintos más primarios, o sea, su esencia y sexualidad. Es veloz, se vuelve invisible, tiene un gran magnetismo, vuela, posee una fuerza descomunal y para colmo es inmortal. Son los súperpoderes definitivos con los que cualquier adolescente sueña. De esta forma se reafirma, protegiéndose de la impotencia y el miedo al complejo mundo del adulto, que lo persuade a abandonar su inocencia e individualidad.

Es indudable que el vampirismo gusta, y muy especialmente entre los impresionables adolescentes que se resisten a abandonar tan fantástico mito. Gusta no sólo porque es una moda, sino por la porción oportuna de fantasiosa auto-terapia.
Hoy, la tribu vampírica se ha humanizado y reinsertado socialmente, no sin ciertos problemas de integración. Ahora son bellos y esbeltos, su piel pálida y su aspecto ojeroso incita a una nueva moda que desplaza los bíceps de gimnasio y el bronceado de rayos UVA.
Los vampiros pueden llevar una vida normal a plena luz del día convivir con los humanos, asistir al instituto, formar una peña de colegas y enamorarse de la chica más enigmática.

Lejos de mito de Drácula idealizado por el irlandés Bram Stoker y de la amplia cosmogonía estelarizada por Bela Lugosi, Cristoffer Lee y Gary Oldman; muy lejos de la fantasiosa saga: Crepúsculo, Luna nueva, Eclipse y Amanecer: “existe ciertamente el vampirismo”, pero no tiene que ver con lo que mucha gente absorbe del inconsciente colectivo. Desde luego, el difunto Vlad Tepes fliparía con la que se ha montado.

El vampirismo no es tanto un desgarrar de yugulares como un “secuestro psíquico”. No nos damos cuenta pero siempre nos chupamos la energía: los unos a los otros. Ocurre cotidianamente y sin percibirnos de ello: en la calle, en casa, en la mesa y el sofá, en la cama, en el trabajo; cualquier lugar vale. Nos robamos la energía incluso a nosotros mismos; cuando estamos preocupados, ansiosos, estresados, aburridos, desengañados, sin autoestima, iracundos, celosos y acongojados.

Las estacas, cruces, dientes de ajo y el agua bendita nos despiertan, friccionan y sacuden con un rapapolvo moral aniquilando “eso” en nosotros que es vampírico y ajeno a nuestra humanidad. Pero siempre existirá la luna, alimentándose de todos nosotros e incitándonos a perder el coco. Porque a ella sí le interesa alimentarse de la energía de nuestro planeta paradójicamente para mantenerse en armonía cósmica con él.

Ahora falta saber qué haremos con las mujeres y hombres lobo que tanto pululan...

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