ASOCIACION INTERNACIONAL DE INVESTIGACION Y DIVULGACION HOLISTICA

La fantasmagoria del sexo



El sexo es una vía a nuestro alcance, que nos ofrece la posibilidad de entregarnos, de disolvernos, de diluirnos, y en definitiva de integrarnos. Sexo es eternidad, aunque luego los mortales tengamos que envejecer por necesidades del guión de la entropía. Como todo en la vida la el sexo tiene dos naturalezas, una terapéutica, redentora, liberadora y trascendente; y otra: perturbadora, aberrante, adictiva y aniquiladora. Ambas se rozan con sus atmósferas y la una puede afectar a la otra, cosa que depende del dominio de los deseos y de nuestro nivel de conciencia. El sexo tiene grados, como lo tiene todo: si el nivel de ser de la persona por la que circula es pobre el valor de esa energía será igualmente bajo, muy denso y de vibración muy débil: es el caso del onanismo: de ese mío, alrededor mío y para mi. Una mala gestión de la dicotomía individualidad-totalidad.


Si el individuo es un infusorio descerebrado alimentara una cátedra de súcubos e íncubos que lo orbitarán elementalmente hasta hacerse con su cerumen y sus carnes: se volverá nínfula o sátiro, o pervertirá porque fue pervertido. Si el individuo ha vivido una niñez castrante y limitadora canalizara sus frustraciones, angustias y ansiedades: pensará con el pito o con el coño;-y son sitios en los que por lo general no hay mucha masa gris-. Existen en criminología toneladas de estadísticas e informes policiales que hablan de perturbados, de desviados y depredadores víctimas de un hogar disfuncional donde se ejerció la intimidación, el avasallamiento, el autoritarismo y el castigo, la represión, y sobre todo: la castración.


La mayoría de las proezas alucinantes que tanto “nos ponen” se realizan bajo el efecto narcótico del sexo. Sobre todo las de alto riesgo o las que nos someten a velocidades de vértigo, porque producen chutes. Son estados que nos enajenan, que nos sacan de sí y nos ponen mazo. Es como una droga que por cierto va muy bien a todo el mundo y especialmente a gente acomplejada o con problemas de erección o de orgasmo. Otra estadística curiosa es la de la cantidad de trabajos tendentes a la promiscuidad, ocurre con las personas que viven cerca del riesgo, no es raro cuando tu trabajo ronda la muerte.


Hace unos años vi en un programa de la televisión (moros y cristianos) creo que dirigido por Javier Sardá, un debate que me pareció de lo más interesante, y que trataba además sobre el machismo. Entre los ponentes estaba el feriante cortocicuitado “padre Apeles” y una escritora entradita en carnes que lucía una escotada pechuga y un prominente muslamen acabado en ceñidas botas negras, todo bajo una raquítica minifalda. El debate era sobre sexismo y se habló de cómo se utilizaba a la mujer con una finalidad erótica. La escritora (de currículum feminista) estaba visiblemente molesta con una campaña publicitaria en la que se vendían quesos que llaman “de teta”: en el cartel de la campaña se veía claramente a una señorita con dos grandes quesos sobre los pechos. La ponente indignada criticaba ferozmente esa publicidad claramente machista, y no dejaba de tener razón; pero el cura enfundado en su sotana cartesiana la pilló en una frívola incongruencia, y le espetó: –¡pues tú también enseñas, por cierto, unos hermosos jamones de pata negra ...! Ella no supo qué contestar. De hecho tanto el cura carpeto como la superwoman postmoderna hacían algo muy parecido a lo de la chica de la campaña del queso de teta, exhibirse y dar de comer a los voyeurs televisivos.


No nos engañemos, el sexo está ahí porque todo es sexo, sino tan siquiera existiría nuestro sistema solar, el planeta tierra, ni los continentes, ni la fauna ni la flora. De hecho no existiría ni el universo. Es verdaderamente curioso lo que ocurre con nuestra especie, en realidad lo mismo que con los insectos y las flores, en los océanos coralíneos, en las montañas y los valles floridos. Exhibirnos, seducimos, cortejarnos, atraemos, copulamos y diseminamos. Lo hacemos constantemente, a todas horas y en cualquier lugar. Además nos ayuda la ropa, el escote, la falda y el pantalón, el maquillaje, la manicura, la depilación láser, la cirugía, el bronceado, unos tacones, el coche o la moto, el móvil, el corte de pelo, el perfume, los espejos, la bisutería, los colores, los gestos, el timbre de voz, el mobiliario de la casa, el cine, la tele, la prensa, y el monedero…


Luego esta corriente oceánicamente sexual se bifurca hacia multitud de modalidades, modas, modos y modismos, forjando tendencias y condolencias. Y las cosas cambian, y la genética muta y se difunde, y cada vez hay más libertades y libertinajes, más incestos y más cuernos, más bodas breves, más divorcios largos, más matrimonios de conveniencia, más experimentos, más crímenes pasionales, más turismo sexual, más solteros y separados, más bebés en cochecitos caros y más abuelas consternadas. Y en la calle un festín de culos y tetas, de tacones y chaquetas, de miradas emboscadas, de besos niquelados; muy espontáneos o muy cinematográficamente insinuados.


Nos miramos, nos observamos, simbiotizamos, nos contorneamos, frivolizamos, fetichiamos, erotizamos, deseamos, y segregamos, Precisamente por eso, porque el sexo es comunicación. Total, que vivimos bajo los efectos especiales de una sexualidad consensuada, invadidos por la fantasmagoría del sexo, todo sin darnos cuenta.


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