ASOCIACION INTERNACIONAL DE INVESTIGACION Y DIVULGACION HOLISTICA

Ser buenos o ser malos (Deckard)



Hace años, incluso siglos, que por una extraña razón, el “ser bueno” y el “ser malo” ha hecho correr ríos de tinta. Desde multitud de posicionamientos: éticos, religiosos, educacionales, sociales, políticos, culturales, etc., se nos ha dicho que hay que ser bueno, y además, por si alguno se descarriaba, se nos enseñaba el códice de conducta que debíamos observar y los cánones a observar. Cánones que unas veces tenían más componentes ético-sociales y otras veces eran directamente códigos religiosos.


De esta forma, por un conducto u otro, aparecen las Virtudes. Sobre las virtudes se podría hablar años y años sin descanso. Lo que ocurre es que, difícilmente, encontraríamos interlocutores dispuestos a poner en entredicho esa lista inmaculada de valores humanos sobre los que, con matices de poca entidad, casi todo el mundo está de acuerdo. Porque, por ejemplo, ¿quién negaría que la generosidad es una Virtud?; o la bondad; o la compasión. Ninguna voz se opondría a calificar estos atributos como de virtuosos.

Por contra, en el lado opuesto, podríamos decir incluso en el lado oscuro, tendríamos a los defectos, faltas, pecados, o como se les quiera llamar. También están perfectamente etiquetados: envidia, vanidad, avaricia, egoísmo. En definitiva todo un entramado de defectos que tienen tan mala prensa, que nadie está dispuesto a admitir que es sujeto de tales sentimientos. Luego están los yoes que serían las máscaras, escudos y corazas que conforman nuestro lado oscuro pero con vitola de justificación y utilidad.

Pero yendo más allá ¿quién estaría dispuesto a admitir que es un sádico, que es cruel, que no tiene sentimientos de compasión, o que está dispuesto ha infligir daño a otro de forma gratuita y sin haber recibido ninguna ofensa por parte de su víctima?

Nadie, ni por asomo, admitiría que es una escoria humana, capaz de llevar a cabo tales acciones.

Sin embargo, el investigador y psicólogo, Stanley Milgran (1933 a 1984) realizó un experimento que demuestra que la mayoría de personas interpeladas estarían mintiendo vilmente al negar su capacidad de ser crueles de forma gratuita.

De hecho el amigo Milgran investigó sobre la obediencia y la autoridad en las relaciones humanas, además de sobre los “seis grados de separación”; y, fiel al proverbio “se coge antes a un mentiroso que a un cojo”, se puso manos a la obra.

Milgran confeccionó una máquina para aplicar descargas de electricidad a personas que no respondieran correctamente a las preguntas que un operador les hiciera. La máquina constaba de una serie de interruptores que iban de menor descarga de voltios a unas mayores descargas de voltajes. Estas últimas escalas peligrosas de aplicación de voltajes estaban señaladas con advertencias como “alto voltaje” “peligro para la vida” o “puede matar”. Tomó un muestreo de personas, normales, sobre las que hacer el experimento de cómo iban a comportarse a la hora de aplicar el castigo a las víctimas caso de que contestaran mal a las preguntas del formulario. Evidentemente, la máquina era falsa, pues la corriente nunca llegó a las víctimas del experimento y, en vez de víctimas, puso a simples actores que fingían retorcerse de dolor.

El experimento arrojó que la mayoría de los sujetos objeto del experimento, aplicaron sin compasión descargas crueles o mortales a las personas que no contestaban bien al formulario de preguntas.

Amigos, es hora de replantearse la condición humana, aunque ya desde los años 50, el investigador Milgran puso en evidencia el puritanismo y la hipocresía social.


DECKARD



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