ASOCIACION INTERNACIONAL DE INVESTIGACION Y DIVULGACION HOLISTICA

El camino del sufrimiento y los estados de conciencia (Leónidas)



Hace poco leí una entrevista que se hacía a un joven psicólogo en la que éste aseveraba que uno de los grandes problemas que tiene hoy la educación en general y en especial la de nuestros jóvenes es que los padres, de una forma totalmente errónea, procuran evitar que los hijos sufran.

Efectivamente, por una extraña razón, los padres tienden a sobreproteger a sus hijos y apartarlos, en la medida en que les es posible, de todo lo que suponga sufrir. Evidentemente, y por asimilación les van a intentar proteger ante la “penalidad” del trabajo; de la “carga” de la responsabilidad en tanto que demanda sacrificio; y así sucesivamente intentan mantenerlos en el limbo de los que no sufren. Lo que no tienen en cuenta, los padres, es que, con el tiempo, y por una razón, ahora, nada extraña, convierten en sus vástagos en monstruos “nini”; y, como consecuencia de tan monstruosa educación, los, luego, ya mozalbetes hijos, acaban dirigiendo puntapiés a los genitales del padre y agrediendo brutalmente a la madre si no hace lo que ellos dicen. Estoy seguro de que muchos, a estas alturas, estarán pensando que eso sólo pasa en familias de bajo nivel cultural, pero se equivocan porque esa situación se está dando en familias de un nivel cultural medio y alto.

Lejos quedan aquellas doctrinas religiosas en las que se ve el dolor como el camino de la salvación. La penitencia como camino de redención. En las bienaventuranzas también tienen un lugar reservado los que sufren: “Bienaventurados los sufridos porque heredarán la tierra”, y aunque en la frase no queda muy claro cual es el premio, lo cierto es que no cabe duda de que en su perspectiva tienen favorable acogida los sufridores.


Parecen frases reaccionarias, pero si se medita al respecto se verá que la penitencia pretende ser un camino en el que el Ser reconoce haber actuado mal con respecto a sus semejantes. Reconocer que no hemos actuado de forma correcta con alguien es el primer paso de la modestia y el primer paso hacia un estado de superior de conciencia.

El dolor puede presentarse en multitud de formas y en infinidad de intensidades. Puede afectar al cuerpo; puede afectar a los sentimientos o a nuestras convicciones o principios. En definitiva y de una forma muy genérica nos va a producir, siempre, infelicidad, angustia, temor, inseguridad, y toda una serie de sensaciones negativas, hasta el punto de que un viejo “sabio” al que nunca debí conocer plantea que lo que realmente te matan no son las privaciones sino las preocupaciones.

Buda proclamó que el dolor es inevitable y que el sufrimiento es opcional. En toda la tradición hindú y todos los filósofos y gurús que meditaron sobre el sufrimiento y el Ser llegan de una forma u otra a concluir que separar el cuerpo, el pensamiento y los sentimientos del Ser era la vía de ser uno con el universo, y así transcender del mundo terrenal. Es la vía de la vacuidad de la que habló Nagarjuna (a quien también se unió el ilustre filósofo Ken Wilber), al referir que todo Ser es influenciable y por lo tanto solamente logrando la vacuidad se puede alcanzar la verdadera naturaleza o esencia del Ser.

Pero ¿quién ha contado con una formación humanística y espiritual de tan elevado rango que esté en disposición de enfrentarse al sufrimiento con ciertas garantías de poder libra con él una batalla en plano de igualdad? Yo diría que casi nadie.

Y, como decía aquel preclaro psicólogo de la entrevista a la que me he referido, el sufrimiento tiene la particularidad de encender la luz de aquellas partes de la conciencia que hasta ese momento permanecían oscuras. Y hasta tal punto es así que ya el propio Dostoievski sentenció : “ El verdadero dolor, el que nos hace sufrir profundamente, hace a veces serio y constante al hombre irreflexivo; incluso los pobres de espíritu se vuelven más inteligentes después de un gran dolor”.

Nosotros somos seres sociales. Miembros del hormiguero humano. Muchos vivimos en ciudades o grandes ciudades; a veces presos de un extraño urbanismo; condenados a vivir de forma gregaria. Abandonados a nuestra suerte entre multitud de conciencias heterogéneas. Las situaciones de sufrimiento aparecen de forma inexorable. Muchas veces de forma virulenta y agresiva. Podemos perder la razón preguntándonos una y otra vez por qué el destino no ha marcado con una cruz.

Los antiguos espartanos de la Grecia clásica parecieron haberlo entendido desde el principio e invirtieron la secuencia de hechos: someterían a sus hijos a los más brutales riesgos y peligros; a las mayores penalidades, al mayor de los desamparos. De esta forma el individuo que sobrevivía relativizaba mucho el sufrimiento, no sentía tantas necesidades ni temores.

A los que nos les haya sido aplicada una educación o entrenamiento tan rígido o severo siempre les queda el camino de la redención por medio del sufrimiento. Y si alguien cree que no puede resistir, recuerden aquel viejo refrán que dice. “Que Dios no te dé todo aquello que eres capaz de resistir.”


LEÓNIDAS

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