ASOCIACION INTERNACIONAL DE INVESTIGACION Y DIVULGACION HOLISTICA

Espacio, Verdad y Amor (Dune)


La mayoría de los filósofos, o todos sin excepción, se han pronunciado acerca de la idea de espacio y tiempo. Hay quien incluso se ha empeñado en traspasar las fronteras de los sentidos y enfrentarse a esos conceptos sin ningún tipo de tapujo, sin complejo alguno y, evidentemente sin ningún tipo de respeto a cualquier idea (ya no digo dogma) que presuma de tener autoridad en la materia, si es que la hubiere. Ouspensky y su tratado de lógica superior, “Tertium Organum”, se han encaramado al universo espacial sin más ayuda que la razón y el valor de afrontar la tarea de demostrar que el tiempo es la cuarta dimensión y otros tantos principios filosóficos de verdadero interés humanístico.

Ciertamente me ha emocionado leer un libro en el que el autor se esfuerza constantemente en demostrar que cuanto el ser humano conoce no es inútil o no es una ilusión. Moverse en la idea de lo lógico, lo consecuente sin caer en espirales absurdas o carentes de sentido.

Se esfuerza sobremanera en plantear la unidimensionalidad, la bidimensionalidad y la realidad de la cuarta dimensión que localiza en el tiempo como simple manifestación del movimiento en el espacio.

Considera que el tiempo lo percibimos como diferente de otra dimensión porque no tenemos capacidad de poder ver el todo. Al ver sólo fragmento del todo lo percibimos como secuencias o fragmentos incompletos lo que no sucedería si pudiéramos percibir el total de aquello que solamente percibimos de forma muy incompleta por nuestras limitaciones sensitivas. Como él dice : “Nunca vemos el “Linga Sharira”, vemos siempre solamente sus partes. El trabajo que hace Ouspensky es ingente y creo que brillante, sin embargo pienso que el estudio y análisis del espacio exterior llega a los límites de la mente humana si no seguimos el viaje a través de la interioridad de nuestro Ser. El autor diferencia el sujeto observador del objeto observado. Describe el espacio exterior diferenciando lo subjetivo de lo objetivo. No obstante, hacia el final del libro, el autor da un cierto giro al razonamiento y, sin abandonar el camino de la razón, viene a plantear que lo irreal es lo verdadero; y me explico: plantea que lo que percibimos son las representaciones que non hacemos de las cosas. Bajo este punto de vista, cada ser humano tendría unos códigos que nos hacen los objetos inteligibles, pero a nuestra manera. Es como si tuviéramos unos descodificadores de señales externas para ser recibidas en nuestro interior. Evidentemente esos códigos estarían personalizados. Eso no quiere decir que veamos cosas distintas, pero si diferentes en función del observador. Hasta aquí la relación preceptor y cosa percibida. Mundo exterior que aparece como infinito.

Al mundo interior pertenecerían los sueños, las imaginaciones, los sentimiento, las impresiones, las sensaciones, toda la gama de pecados capitales, nuestros guardianes Smith, nuestros yoes, en fin, la programación impresa para que “funcionemos normal” so pena de volvernos locos. En este panorama desolador, sin embargo, se atisba un brote verde, un grito de libertad que me hace coincidir con Ouspensky, antes de conocerlo.

En un momento personal de dificultad en las relaciones con un sujeto al que debía aceptar por protocolo social y al que rechazaba visceralmente. En un entorno sociocultural en el que impera (desde hace mucho tiempo) la tiranía del positivismo por el que nada es cierto si no se puede tocar, medir o pesar. En un momento en que nadie me podía comprender, y en el que a algunos sujetos de mi entorno les hubiera ido de fábula que me hubieran tomado por loco, tuve el valor de proclamar que LA VERAD ERA LO QUE YO SENTÍA. Ante tal sentencia nadie se sintió con legitimación académica o incluso científica para decir que eso no era así. Y, mi agradable sorpresa se produce cuando el autor de Tertium Organum, en su tratado de lógica superior proclama que lo verdadero es lo irreal porque es la manera en que recibimos y nos representamos las cosas por medio de nuestros identificadores humanos.

¿Qué tendrán las emociones y sentimientos humanos que nos hacen tan fuertes y tan débiles al mismo tiempo? ¿Por qué buscar el trazado geométrico del espacio diferenciando puntos, líneas, planos o cuerpos tetradimensionales? De que nos sirve todo eso cuando el poeta afirma que “en el vértice del tiempo anidan los sentimientos” o cuando la cantaora pregunta /¿Dónde van las palabras que gritan los corazones?/las que nadie conoce porque nadie las oye/ ¿Dónde van los suspiros del amor que se rompe?

¿A dónde?


DUNE



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