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La locura y la lógica del ser (Dune)





La filosofía-religión hindú basa la mayor aspiración del hombre en el “no ser”. La cultura occidental, por el contrario, magnifica de tal forma la existencia mundana que toda persona anhela vivir más y más; o, de una manera quimérica, vivir siempre; no morir; o, de una manera más absoluta, vivir la eternidad. Bien contrariamente, como he dicho al inicio, la filosofía hinduista considera la vida como una especie de maldición, o como mínimo, un tránsito incomodo o, por qué no decirlo, un tránsito esquizofrénico de una vida a otra de inferior o superior categoría, en unas secuencias interminables que suponen un martirio para el ser humano que sólo dejará de sufrir (vivir) si alguna vez logra fundirse en el universo y así, “dejar de ser”.

Siendo joven estudié filosofía, como todos los de mi tiempo. Sin embargo a medida que iba avanzando en su estudio y veía que no estudiaríamos nada sobre la filosofía oriental o de otros espacios del mundo global, más me daba cuenta de que no podría obtener una visión completa de lo que supone la historia del pensamiento humano.

Efectivamente, prescindir del tesoro que suponen las filosofías de otros espacios geográficos del planeta nos iba a castigar duramente. Nuestra osadía de pensar que el ombligo del mundo es Europa nos azotaría con la dura pena del “no saber” o, si se prefiere, con un “saber cercenado”. Groucho Marx solía decir: “Partiendo de la nada, y con nuestro sólo esfuerzo, hemos conquistado las más altas cimas de la miseria”. Ésta, parecía la frase de una especie de saltimbanqui o de un bufón de las masas; de alguien sin el caché intelectual apropiado para una reflexión trascendental. Sin embargo, estos razonamientos del absurdo, a la postre, son los argumentos más serios para explicar el extravagante desarrollo y comportamiento de la raza humana.

Evidentemente el tejido social, más común, no puede ser más desolador: padres que no tiene tiempo para estar con sus hijos; padres que, aunque tengan tiempo para estar con sus hijos, prefieren no estar con sus hijos porque no saben de qué hablar con ellos; padres con tantos conflictos personales que les da pánico tener que ayudar emocionalmente a sus hijos porque ellos mismos no saben resolver ninguno de sus dilemas. Padres que les dicen a sus hijas que el novio que tienen es un drogadicto y que siempre lo será, y que lo saben bien porque ellos mismos han sido unos drogadictos empedernidos. Las farmacias no dan abasto a dispensar psicofármaco, antidepresivos, ansiolíticos, antipsicóticos, pastillas para dormir, pastillas para despertarse, pastillas para poder cagar, pastillas para detener la diarrea, etc. Entretanto, por las tardes en los bares nocturnos no paran de servir cubalibres de ginebra de garrafón con Red Bull, que contiene un anestesiante como es el alcohol, combinado con un estimulante como la bebida de cafeína y otras sustancias inconfesables. Los juzgados de guardia no paran de recibir detenidos que han cometido tantas tropelías que el fiscal de turno ya no sabe de qué acusarles. Las cárceles están a rebosar; ya no caben más presidiarios, mientras en los servicios de guardia de los hospitales se dedican de reanimar a todos aquellos que, de una manera más o menos consciente, han intentado poner fin a sus vidas por medio del suicidio.

El Vaticano anda loco con tantas querellas por abusos sexuales sobre menores sordomudos, con acusaciones de pedofilia, al mismo tiempo que predica la pureza y la castidad de toda su parroquia, y el celibato de todos sus curas. El gobierno por su parte, se ha apresurado en sacar una ley que permite a las menores de edad abortar sin que ni tan siquiera su padre o su madre sean avisados de tal “circunstancia”, al mismo tiempo que deben firmar las notas que le remite el Instituto de la misma hija sobre la que no han tenido derecho ni a ser informados de que ésta ha sido sometida a un aborto quirúrgico. Las leyes que logran proclamarse han pasado tantas estaciones parlamentarias que resultan ser más contradictorias que el más ingenioso trabalenguas de Bigote-Arrocet.

Algunos tratadistas se decantarían por atribuir un paisaje humano tan desolador a la caída de las religiones y a la pérdida de “respeto” (léase miedo) de las personas hacia el castigo eterno. Sin embargo, por falta de dioses no será ya que hay infinidad de deidades a los que se rinde culto en el planeta. La imaginación humana ha llegado ha crear millones de dioses. Cuando no son dioses son santos y santas; incluso las llamadas religiones monoteístas, en realidad, son casi siempre trinidades. En un reportaje que vi hace poco sobre la India se decía que, sobre una misma religión o filosofía, la sociedad había creado más de treinta millones de deidades, lo que da buena cuenta de la afición humana a la creación de dioses o diosas, mientras unos pocos, entre los que se cuenta Kwai Chang Caine, proclaman, ante el asombro de casi todos, que no han sido educados para creer en dioses y que únicamente aspiran a estar en paz consigo mismos y a ser uno con el universo.

La pregunta sería si, en este entramado mundo convulso, es posible mantener la cordura y no caer en la paranoia o esquizofrenia; si serían posibles unas bases de relaciones humanas en las que las personas nos podamos relacionar con confianza y de forma amistosa. En definitiva, si podríamos relacionarnos de una manera más natural en la que impere el sentido común. No estoy hablando de una sociedad hippie o quimérica porque tales sociedades no se basan en la realidad. Para evolucionar en un sentido constructivo y provechoso, creo que deberíamos retomar el camino de la razón porque éste es el atributo humano más divino.

DUNE
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