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Destinos...



¿Existe realmente el destino? La palabra “destino” resulta incómoda para muchas personas. Supongo que es una pregunta que nos hacemos todos, en algún momento. Esto hace que la cuestión del destino forme parte de nuestras vidas, creamos o no en él. Sin embargo aunque hoy hayamos olvidado su sentido semántico es un enigma que ya fue disipado en un lejano pasado, y que precisamente por ser un enigma tan antiguo y primitivo, es por lo que aún forma parte consustancial de nosotros. De hecho el destino ocupa un papel prioritario en el conocimiento del mundo, y por eso todos los mitos lo consideran y rememoran. En la imaginación primitiva el Destino es quien pone las cosas en su sitio, de comienzo a fin, como un patrón holotrópico que actúa ordenando incluso lo azaroso y la suerte. Esto no es necesariamente determinismo y no quita que exista la incertidumbre, más bien al contrario, nos hace ser aún más conscientes de la ineludible existencia del devenir en un Holoverso relativo -en cuanto a relacionado- y creativo.

Al destino se lo conoce con muchos nombres, algunos indican al dharma, otros una matemática divina, otros la causalidad, o como era de esperar el tan recurrido determinismo. Son tantos nombres como formas de concebirlo, hay tantos como formas de creer en él. Algunos de sus nombres más originarios son “causa y efecto”, “providencia”, “karma ” o “moiras”. La tendencia habitual es volcarse a un único significado literal como hacen los dogmas y sus doctrinas, lo menos frecuente es englobarlos holísticamente para extraer una síntesis definitiva que por necesidad nos llevará a lo que parece ser un hilo conductor.

Pero, ¿ la necesidad de qué? El tema de la ley natural y de la transgresión de los límites impuestos por el destino ha sido el punto central en el conocimiento de muchas culturas. Es una cuestión caliente que ha dado gran relevancia a la cuestión del libre albedrío, a la forma acerca de cómo conducirnos en la vida. Desde este punto de vista parece haber varias disposiciones para nuestro destino, una de ellas son nuestros instintos, en tal caso nuestra naturaleza es la que configura cuanto somos, por lo menos psíquica y biológicamente.

Pero no podemos hablar de destino sin considerar el aspecto trágico que subyace en toda existencia, sobre todo cuando intentamos superar los límites que el destino ha impuesto, es el dilema de “hubris”, nuestro mayor don de libertad y nuestro mayor don de condena. Las imágenes arquetípicas parecen reflejar esta lucha en el ser humano, precisamente porque son imágenes con un poder psíquico que encarna nuestros instintos más inconscientes.

El destino podría estar entretejido en el ordenamiento cósmico, ser la dimensión áurea, ser matemáticas y leyes físicas en movimiento, ser partículas que se proyectan hacia un fin cósmico que transcurre más allá de cualquier noción concebible de espacio y tiempo. A este respecto poco importan nuestros pequeños destinos, nada va a verse afectado por nuestros pequeños sueños, la realidad continuará superándonos y disponiéndonos.

Para nosotros el destino más irrevocable es la muerte, sabemos que ocurrirá y tememos que ocurra. Pero podemos encontrarnos con la pérdida del valor metafísico de la muerte porque nos determinará su efecto clínico. Durante nuestras vidas ocurrirán muchas cosas, cosas que también suceden a millones de años luz de nuestras existencias. Cosas que sin embargo influyen en nuestros actos, cosas que ocurren en el mundo infinitesimal y que nos predisponen, cosas que se entrelazan para ocurrir o no en nuestras vidas y que dependen de un solo paso, de una decisión, de un cambio en nuestra mente. Nuestra conciencia subterránea puede no percibir lo que ocurre tan siquiera dentro de cada uno de nosotros, pero la conciencia que nos une a todas las cosas sí puede ayudarnos a avistar cuáles son las consecuencias de nuestros errores, las consecuencias de las consecuencias. Entonces podemos comprender lo que necesitamos para decidir cuánto y cómo aportamos a la vida. Quizás porque descubrimos que nuestro destino es contribuir y retribuir a la vida.

No podemos mirar a otro lado y olvidar que somos transgresores en la vida de nuestro planeta, que es nuestro mundo más inmediato. La naturaleza, posee una conciencia de sí misma, y estamos llegando a un punto de inflexión en el que se perciben anomalías muy serias que están creando graves impactos en el medio y por correspondencia en nuestras psiques. Tal como somos hoy no podemos negar que estamos creándonos un futuro y por tanto un destino, y que podemos incluso prever las consecuencias fatales de nuestra conducta y nuestros estilos de vida. De la misma forma podemos cambiar el rumbo decadente hacia el que parecemos destinados, que no es otro que una tierra quemada y yerma, por eso es bueno que nos hagamos conscientes de las consecuencias de nuestro desatino o invalidez.

Al parecer, fuera de lo que es conciencia, nuestro destino es ser meros peones subordinados a la existencia sustrato, a un predestino errante, dejados de la mano de lo que simplemente sucede, expuestos al ciclo inmutable de las leyes más mecánicas y severas, desapareciendo en el vacío cósmico de la inconsciencia. Dentro de lo que es conciencia sí podemos decidir en alguna medida sobre lo que nos atañe y es urgente, porque significa ser sensibles, conscientes de lo que ocurre dentro y fuera de nosotros, conscientes de los efectos de las acciones de nuestra voluntad, y responsables de todo cuanto hemos desencadenado. En tal caso podemos influir benéficamente en nuestras vidas y en el entorno, pero nos queda recuperar la memoria y el valor de todo cuanto somos.




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