ASOCIACION INTERNACIONAL DE INVESTIGACION Y DIVULGACION HOLISTICA

La soledad del viento (La Voz: Dune)



Hace no mucho en una salida de fin de semana, visité una colonia textil. Estos enclaves industriales, ahora cementerios industriales siempre me llamaron la atención porque sus trabajadores vivian en la colonia donde tenían lo que necesitaban para cubrir sus necesidades más básicas. Estas colonias están compuestas, principalmente, por las casas de los obreos de las antiguas fábricas textiles. Ahora restan solitarias, incomprendidas.
Nuevamente me situo en un escenario inanimado. Parecen un museo y, de hecho son museos, con guia propio que puede narrarte cómo era la vida de aquel conjunto productivo-social. Las casas y los servicios comunitarios guardan siempre "un orden", se presentan alineados en perfecta formación y en completa simetria al igual que nuestro propio organismo del que,a la postre, son apendice o prolongación.

No faltan, como es "lógico", la capilla o iglesia. Los obreros y obreras que trabajaban jornadas interminable y que, a duras penas, tenían tiempo para reponerse de un día para otro, debían tener la posibilidad de cuidar su integridad espiritual. El más allá es algo que siempre preocupó a los desheredados. Esa idea de que Dios es bueno y nos quiere; ese pensamiento de que junto a Dios no hay ricos ni pobres y de que junto a él sólo va ha ser mejor el que haya podido ser más virtuoso en la vida terrenal; esas ideas, como digo, son las que permitían a los obreros soportar las injusticias terrenales que diariamente debían soportar.

Me llamó la atención que en los lavaderos comunitarios se hiciera la distinción de "lavadero de los vivos y de los muertos". La verdad es que los muertos siempre me impresionaros. Pregunté a la guia y me dijo que a finales del siglo XIX había muchas enfermedades infecciosas que ahora están superadas, y que se lavaba, a parte, la ropa de los que morían a causa de tales plagas.

El viento corría por entre los ordenados pasillos de las hileras de casas. El silencio casi podía oirse. Nuevamente me encontraba solo y con nadie. Tan sólo algún silvido provocado por el propio viento rompia la quietud. Nuevamente el tiempo se había parado; sin embargo, cual si se tratara de una pesadilla, yo no podía apearme. No podía hacer marcha atrás en el tiempo y hablar con aquellas personas que faltaban en el escenario.

¿Cuantas apasionantes historias humanas, de amor, de odio, de actos de sedición, de actos de rebeldía y de complicidad se habrían sucedido? En definitiva, ¿cuánto sufrimiento y cuántas historias de amor desesperado escondían aquellas estancias ahora inertes y desnudas?

DUNE
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