ASOCIACION INTERNACIONAL DE INVESTIGACION Y DIVULGACION HOLISTICA

La verdad encerrada



Hoy he comprado un libro que apenas me ha costado 3 euros. Estaba amontonado entre otros tantos, carísimos y con títulos anodinos y sin carácter. En él descubro el pensamiento enorme de Juan G. Atienza, sus ideas acerca de las parcelas del poder y la autoridad, y de cómo caminamos hacia el fin de los dogmatismos implantados desde la cuna y la escuela, es lucidísimo. Según Atienza sobreviene un cambio profundo de conciencia que requiere de una recuperación semántica y un replanteamiento del valor de las cosas a través de la comprensión del valor esencial de las ideas. El texto de abajo está extraído de su libro 1ª Guía de la Nueva Conciencia publicado en 1988.



Se me podría decir que la Historia de la humanidad ha dado muchos ejemplos de seres excepcionales que mostraron claramente su grado de madurez mental y espiritual. Y está claro que no lo negaré. Pero sí invitaría a cualquier lector que sintiera esa tentación de reproche que se planteara, fría y objetivamente, en primer lugar a cuantos niños grandotes y repelentes les hemos concedido a lo largo de esa historia la categoría de sesudos mentores; en segunda instancia, le pediría que meditase hasta qué punto hemos sabido o querido aprovechar el ejemplo o la lección de los seres realmente maduros que han surgido como plantas exóticas por el paisaje terrestre.

Precisamente lo que parece sugerir la evidencia del paso de esos seres es la sospecha de que aparecieron a destiempo. Que captaron de inmediato a un colectivo humano ávido –como el niño- de crecer y desarrollarse. Que sembraron las bases de una conciencia distinta que ellos poseían o que tal vez habían intuido, pero que o se olvidaron de fijar las normas para el cuidado de aquella siembra o se marcharon con la conciencia clara de que aún no había llegado el instante de emprender el camino hacia un aténtico encuentro con las incógnitas planteadas por la realidad desconocida del Universo del que formamos parte.

Muy a menudo, incluso, la presencia de estos maestros-si podemos arriesgarnos a llamarlos así- ha supuesto la inmediata formación de un simulacro de escuela oficializada en torno suyo que luego, convertida en clan, partido, iglesia, secta o asociación, ha pretendido erigirse en representante exclusivo de las revelaciones supuestamente transmitidas por su mentor y en paladín insustituible de su mensaje. La consecuencia ha sido, en líneas generales, tan grave como la peor aberración del inconsciente, pues aprovechando la talla excepcional del maestro elegido se han proclamado defensores de verdades que ni siquiera supieron captar y, en tanto que portavoces instituicionalizados de su ideario, intentaron a toda costa apoderarse de la autoridad que, según siempre se dijo, debe necesariamente desprenderse de la posesión de la verdad.

Resulta curioso comprobar como la presencia esporádica entre los seres humanos de ciertas figuras de talla excepcional –generalmente seres evolucionados, heraldos de una conciencia cósmica madura, en contraste con la baja edad mental predominante en las sociedades entre las que surgieron- supuso, en líneas generales, pasos adelante apenas perceptibles en el comportamiento de los pueblos afectados directa o indirectamente por su ideario, pero también largos períodos subsiguientes, durante los cuales, anquilosada la lección malamente aprendida, sus defensores oficiales trataron de imponerla en su entorno, haciendo uso de la fuerza cuando no era aceptada voluntariamente. Repasaremos una vez mas la historia de las ideas y comprobaremos cómo no existen serias excepciones a esta evidencia y cómo buena parte de las guerras, extorsiones y exterminios que ha habido entre los seres humanos se han debido al empeño por hacer triunfar por las bravas principios que en si mismos pudieron suponer a menudo pasos importantes en la evolución de la conciencia, pero que fueron puestos al servicio del dominio y de la prepotencia por sectores muy concretos que se adjudícaron la exclusiva posesión de la verdad encerrada en el mensaje de un maestro.

Este fenómeno, analizado fríamente y al margen de cada circunstancia particular que pudo rodearlo, vuelve a plantearnos el infantilismo integral de la humanidad. Pues nos coloca ante comportamientos esencialmente inmaduros, propios de individuos a los que ni siquiera podríamos muchas veces responsabilizar de las crueldades y de los actos de poder despótico que llevaron –y siguen llevando- a cabo, basándose en La doctrina pretendidamente superior que proclaman representar.

Su nivel de conciencia es, en este aspecto paralelo al del niño que se cree defendido por el especial aprecio de sus mayores y pretende aprovecharse de su privilegio para abusar impunemente de sus hermanos o de sus compañeros, para imponer unos caprichos que, muy a menudo, justifica como voluntad expresa de aquellos que supuestamente le protegen.


Juan. G. Atienza.

1ª Guía de la Nueva Conciencia publicado (1988). 


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