ASOCIACION INTERNACIONAL DE INVESTIGACION Y DIVULGACION HOLISTICA

El Secreto de la Vida (F.C.R)



El tiempo actual es un agujero negro del conocimiento de la persona y de la sociedad. La única piscología que se está desarrollando es el conocimiento del comportamiento y de las reacciones humanas, con especial incidencia en la respuesta de la masa a los ardides de los políticos y del sistema de consumo capitalista. El conocimiento personal e interpersonal, por el contrario, se mantiene en un sombrío espacio con ventiscas y turbulencias que hacen inhabitable y aparentemente insalubre ese espacio. A poco que nos fijemos veremos que solo se avanza en la psicología de grupos para controlarlos y dirigirlos en función de las necesidades del mercado. Personalmente soy una persona bastante racional, reflexiva y crítica por lo que es difícil influirme de forma impulsiva e irracional. Sin embargo, el otro día vi un anuncio en la televisión que me dejó realmente impresionado. El hecho es que anunciaban una loción anti piojos que prometía tanta efectividad y era tan convincente que, de pronto, pensé: “ahora mismo me gustaría tener piojos para comprar esa loción y aplicármela en el pelo”; es decir, como los macarrones de los hermanos Marx, que estaban rellenos de bicarbonato, con lo que provocaban y curaban la indigestión al mismo tiempo.

Si hubiéramos progresado en el terreno del conocimiento personal e interpersonal, tan solo una pequeña parte de lo que se ha investigado en psicología y reacción de masas, sin duda, la sociedad sería mucho más consciente, mucho más difícil de engañar y, por lo tanto, más libre.

Alex Gray

La religión no ha ayudado nada ya que, muy frecuentemente, por no decir siempre, se ha puesto al servicio de la enajenación de la libertad de y del pensamiento individual. Más que invitar a la reflexión, ha impuesto la obediencia ciega. Y, de ahí, a la superstición hay muy poco trayecto. Cuando la gente se ha dado cuenta de que hay muchos mitos en la religión, se han separado de ella y, ni tan siquiera han atendido al contenido espiritual que la mayoría de ellas contienen. De tal forma que los valores humanos que en el fondo preconizan las religiones, igualmente se han ido al traste en esa especie de limpieza moral que, ahora, consideramos un lastre. En definitiva hemos enarbolado la falsa bandera de la libertad, cuando en realidad lo único que hemos retirado de nuestro sistema moral es justamente el aspecto que nos da valor específico: la conciencia. Nuevamente damos muestra de estar siempre deambulando cual zombis erráticos, en vez de manifestarnos como seres racionales, espirituales y auténticamente humanos.

Creo que desde el punto de vista del desarrollo humanístico, tanto el siglo XIX como el propio siglo XX han sido un periodo totalmente perdido. La incursión más atrevida en la esencia humana la levaron a cabo tanto Carl Gustav Jung, como el propio Sigmund Freud quienes representan un oasis dentro de un periodo histórico en el que el, mal entendido, racionalismo, en su versión más ramplona y reaccionaria, tenía dominado a la vez que inmovilizado el pensamiento e incluso la voluntad humana. El inmovilismo victoriano era una olla a presión en la que por su válvula de escape aparecían los mitos de la ancorada Inglaterra del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, una paradoja moral de la disociación de la personalidad. Una lucha misteriosa entre el bien y el (posiblemente mal entendido) mal. Una historia de amor y odio entre la vida virtuosa y la vida transgresora. Igualmente, esa sociedad, absolutamente intolerante y reprimida dio como resultado fenómenos angustiante como el siniestro personaje Jack el Destripador; la hiperrealista historia de Oliver Twist del famoso autor Charles Dickens; y la actitud contestataria, valientemente protagonizaba el pensador y escritor irlandés Oscar Wilde con su “cínica” y entonces irreverente obra “El retrato de Dorian Gray”.

Freud buscaba una explicación sexual a todas sus conclusiones e, incluso, a su método psicoanalista con aspiración terapéutica. Jung, por el contrario, aunque en un inicio consideró interesante el heterodoxo distanciamiento de Freud respecto de la tradición racionalista e inmovilista del momento, sin embargo no aceptó que el sexo fuera la única explicación de la esencia del comportamiento humano y, apuntó al inconsciente e incluso abrió la puerta, sin timidez alguna, a un concepto que, creo que aún hoy en día no está siendo aceptado por los médicos de principios del siglo XXI: lo que podría explicarse como “el misterio”, o dicho en mis palabras, en las capacidades y también facultades del género humano más allá de los cinco sentidos conocidos por la ciencia, y que, tarde o temprano habrán de aceptarse no como paranormales o esotéricos, sino como facultad inherente a la vida misma. Que sea desconocido no quiere decir que no exista. Cada vez la ciencia se ve más obligada a entender que el individuo tiene una esencia y un cerebro propio y que, por tanto, como decía Jung, debe ser tratado como individuo que es y no como un ser, anatómicamente, igual a sus congéneres.

Porque, si no, cómo se explica que aquella madre, al ver que su hijo de dieciocho años, no llegaba del trabajo, sin saber nada y sin preguntar a nadie, movida por una fuerza tan súbita como decidida, se fue directamente a las afueras del pueblo siguiendo la carretera en sentido inverso (les aseguro que hay un buen trecho), hasta que se encontró la escena de un accidente de tráfico en el que el joven perdió su vida.

Los médicos y la ciencia en general deberán aceptar, más pronto que tarde, que el individuo no es como una máquina de carne, y que, por suerte o por desgracia, su cerebro lo hace particular. Pero… ¡ah!, amigos eso es difícil. Es enfrentarnos al software que llevamos impreso; y, además, supone traspasar las puertas del Aleph.

No obstante un científico de la talla del Albert Einstein ya se dio cuenta de que la ciencia no podía explicarlo todo; y menos con la mezquindad de vistas con la que todo era abordado. Por eso acuñó la frase: “La vida sin misterio sería como una vela con la llama apagada”.

El otro día fui a ver la película que han estrenado sobre Jung y Freud: UN METODO PELIGROSO. La verdad es que no está mal, destacando la actuación de los principales personajes y siendo magistral la de la actriz KEIRA KNIHTLEY (interpreta a Sabina Spielrein). Me quedo con una de las frases finales:

“A veces en la vida hay que hacer cosas inconfesables para sobrevivir”



FCR
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