ASOCIACION INTERNACIONAL DE INVESTIGACION Y DIVULGACION HOLISTICA

La mirada enigmática de una niña (F.C.R)

Hay rincones que nos aportan energía. Nos cargan de vida..., nos aíslan del estrés y de las prisas. Ese rincón lo encontré en un bar normal de una localidad especial de la ruta del Cister, en la Conca de Barberà. En este caso, no sé hasta que punto es determinante que se trate de una ciudad amurallada y que se encuentre en lo más íntimo del núcleo central del lugar. Se trata de un bar normal aunque debidamente reformado para que el cliente se encuentre a gusto dentro de él. El local de tiempos medievales se ha conservado adecuadamente y, ahora, se ha decorado con el mayor esmero. La iluminación tiene un aire intimista al tratarse de pequeñas luces, de esas que concentran la luminosidad a modo de pequeños focos que proporcionan una calidez a la vez que resulta discreta para quien allí va a pasar un rato y tomar alguna bebida o incluso algo para comer. Las mesas y sillas son de madera lo que intensifica la confortabilidad del lugar. Tiene tres pantallas planas de LCD en las que se sintonizan videos musicales, lo que le da un aire de modernidad combinado con su aire tradicional. Ni siquiera hay cobertura de móvil ni de internet; tan solo la calidez humana del “Comerç del Mallol” se transmite dentro del pequeño universo que se forma en ese ambiente popular.

Yo me encuentro solo, pero conmigo mismo. Leo algún libro; reviso la prensa y las revistas que ofrecen los periódicos los fines de semana. La gente es variopinta. Unos, los de más edad, comentan, con pavor, las últimas medidas de recorte que va a aplicar el gobierno entrante; otros, comentan las rutas que han visitado o van a visitar por el lugar; otros simplemente dicen lo primero que se les pasa por la cabeza sin importarles que sea más o menos políticamente correcto. Es decir, la gente se muestra con naturalidad y espontaneidad. La nobleza de sus espíritus se expande dentro de esa atmósfera compartida. Hablan varias lenguas, pero el tono y la actitud de la gente es más bien homogéneo.

En una mesa, situada tras de mi, se acomodó un matrimonio de mediana edad con dos hijos pequeños ( de unos 7 u 8 años), uno era niño y otro era una niña. Hacía poco que se había celebrado el carnaval y la niña conservaba su atuendo de princesa. No me giré para confirmar toda la información que ya había percibido a través de los demás sentidos. Sabía que mi “feeling” recíproco con los niños no tardaría en aparecer a la menor oportunidad. Ya han sido muchas las ocasiones en las que los niños, sin conocerme absolutamente de nada y, ante el estupor de sus padres, se dirigen a mi con total naturalidad.

Y..., efectivamente, cuando la pareja y los niños decidieron abandonar el local, el niño se dirigió y me dijo : “que fas aquí sol?” (¿que haces aquí solo?). Evidentemente, el niño me había invitado a entrar en su particular y preciado mundo límbico. Le miré sonrientemente y correspondí a su invitación. No le contesté a su pregunta de por qué me encontraba solo porque, a la postre, ni lo hubiera entendido, ni creo que ello le interesara demasiado por más que a un niño la soledad le cause extrañeza; y aunque la soledad puede afectar a todo el mundo, con independencia de su edad, parece una situación más propia de adultos. La niña, rápidamente se apuntó a la conversación y me llamó la atención sobre el vestido de princesa que llevaba; por mi parte, evidentemente, resalte el gran interés y la gran importancia del atuendo de la dulce niña. Finalmente, y como ya es costumbre en mi caso, tuve que decir a los padres que los niños no me molestaban en absoluto y que tal situación no era infrecuente cuando me encontraba con niños pequeños, aunque no me conocieran de nada.

En otra ocasión sentí que en la mesa de enfrente se acomodaba una señora mayor con una niña. Respecto de la niña sentí varios ruidos realizados con su voz pero sin que fueran palabras o frases; tampoco eran llantos ni quejidos. No quería ser indiscreto pero alce la mirada y vi que se trataba de una niña con cierta deficiencia “down”. Observé con discreción como la abuela la atendía y la cuidaba, al propio tiempo que procuraba no alterar el orden “normal” de la estancia, procurando que la niña estuviera tranquila sin proferir esos sonidos normales en los niños afectados por tal estado. Siempre me impresionó la dignidad y mimo con la que los familiares de estos niños les atienden. Debe ser muy duro para ellos, además de verse afectados por la situación que vive un ser querido como un hijo u un nieto, tener que relacionarse en un entorno que no comprende (a lo sumo compadece) a estas personas. Intenté, sutil y discretamente, llamar la atención de la niña. No sabía hasta que punto mi particular Wi-Fi con los niños iba a funcionar en este caso. La niña me miró. Intenté sostenerle la mirada que es lo que suele provocar la confianza de los otros niños. En este caso vi los ojos de la niña sentada de medio lado, por lo que podía verme. La niña permaneció inmóvil durante unos instantes, mientras me miraba. Sin embargo, nunca podré saber lo que pasó por aquella cabeza. Puede que, entre los dos, hubiéramos vivido el Aleph que describió Borges en aquella bodega, y que Coelho no pudo describir en su viaje transiberiano, pero, ¡vive Dios que lo intenté!

F.C.R
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