ASOCIACION INTERNACIONAL DE INVESTIGACION Y DIVULGACION HOLISTICA

Cuando sea mayor...

Si le preguntas a un niño pequeño lo que quiere ser de mayor, en el fondo no busca ser nadie en particular. Puede que a fuerza de insistirle o de inducirlo hasta el agobio te responda. Y puede que diga lo que esperas o que diga algo completamente inesperado. En el fondo el niño esencial es sano, no busca ser algo y no quiere ser alguien. El solo quiere ser YO, o Él. Únicamente ser Él Mismo, solo y nada más que eso. ¿Qué es eso de Ser Uno Mismo?  Los niños sanos, lo saben. Preguntémosles a ellos…
Puede que el niño sano juegue a ser todas esas cosas que lo rodean y le influyen, pero solo son pretextos y motivaciones para su juego secreto. Él tan solo quiere divertirse, saltar, reír, cantar, bailar, construir objetos, disfrazarse, esconderse y encontrar, transformarse, sorber la sopa, eructar, mearse de risa, decir tacos, trepar y ensuciarse. Su juego sano es su aprendizaje. El niño es sano porque es único. Pero corre el peligro de volverse una persona normal y corriente, un alguien más entre la gente.
Con frecuencia no se le deja  jugar ni experimentar libremente, las personas mayores no lo suelen dejar coger riesgos ni ensuciarse. Por sistema tiene que decir lo adecuado y hacer lo que corresponde. Eso es lo que hacen los niños buenos, limpios, obedientes y educados, pero son los padres, los abuelos y la palestra social en general  los que lo convierten en un autómata, porque temen lo que ve, pensará, y dirá la gente de ellos.
El niño no suele preguntarse lo que quiere ser de mayor.  Su noción del tiempo no es relativa e intemporal, simplemente Es, Vive y Está. Su egocentrismo es propio de su individualidad, de su autenticidad.
Su estado esencial, -a medida que crece-, decrece y se desgarra del presente natural para ingresar en la realidad imperante del “entorno sucial”. Sus juegos toman entonces un carácter y un rumbo diferentes. Aparece el miedo, la cuestión de la existencia, la vida y la muerte, la separación entre la fantasía y la realidad. Se le impone un futuro y un mañana, y un lugar en el mundo. Se le vende la moto de que hay que escalar la cima y ser el rey de la montaña. Para adaptarse desarrollará mecanismos contradictorios, emocionales y viscerales de tanto defensa como de ataque. Adoptará una personalidad simbiótica y limítrofe. Dependiendo de las influencias querrá ser una cosa o dejará de ser otra. Aprenderá a domesticar su consciencia y a limpiar su conciencia. Adoptará una moral  itinerante y reversible.  Si siente algún sentimiento de abandono se abandonará, y dejará todo para mañana o para quizás. Esperará a que algo excepcionalmente causal o casual ocurra; o acabará –por fuerza o por necesidad- haciendo -por cierto-  lo que nunca soñó hacer o siendo lo que nunca quiso ser.
Cada vez hay más niños normales que quieren ser ricos y famosos. La sociedad los ensalza, y engorda sus coeficientes mentales para ser individuos normales. También los hay que conservan algo de sí mismos, pero  se niegan a ser algo o lo que se espera de ellos. De adolescentes matan el tiempo no haciendo nada, ni siquiera por ellos mismos. De adultos acabarán haciendo algo que no les aporta nada o en lo que no creen. El niño que aún queda en ellos habitará y  esperará su gran momento hibernando para renacer o nacer de nuevo.
Conozco gente adulta que no sabe aún lo que quiere ser de mayor. Le comprendo, intenta mil intentos para conectar con su no sé esperando encontrar  un no se qué sentido real  a sus vidas. Pero muchos se han quedado en los ocho, en los doce, en los quince o en los dieciocho y hasta los veintitrés. Son edades mentales que correspondieron a etapas pasadas y doradas,  en las que ensoñaron, se divirtieron, experimentaron y sintieron en algún momento un algo muy feliz de sí mismos. Pero quedarse en una edad mental, es un retraso, y un atraso. Porque llegado el momento de ser en verdad ya mayor uno se da cuenta de que es quejica, chocho, y está cansado. Lo peor es que el tiempo ya ha pasado, y que no quedan energías, ni voluntad, ni muchas ocasiones.
El mundo parece muy grande, sí, y tiene muchos lugares particulares y bonitos y muchas gentes peculiares, pero para encontrarnos a nosotros mismos necesitamos rencontrar nuestro niño maduro. Al final y después de todo, lo que siempre tuvimos que ser y no fuimos  de mayores es precisamente ser quienes verdaderamente somos pero no fuimos. Pero la verdad es una paradoja hilada en la mentira. Aunque dicen que más vale tarde que nunca, también es cierto, que, -y aunque solo sea a veces-, es mejor nunca que tarde. El Tiempo apremia y el brillo de nuestro niño interior se nos apaga. Necesitamos jugar limpio. Necesitamos ser sanos.
Tato Peña
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