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Los nuevos Christian-os de Dior

Los nuevos Christian-os de Dior
¿Quién nos iba a decir que un buen día seríamos tan devotos de la moda? ¿Quién podía sospechar que acabaríamos siendo no solo lo que comemos, también aquello que vestimos o nos ponemos?. Un reloj muy caro, unas gafas de marca, unos zapatos de diseño, bastan para sentir que nos distinguimos de entre millones de seres, que en realidad tampoco se distinguen mucho de nosotros. Las marcas han conseguido que luzcamos sus productos y accesorios, incluso sus enormes logos, orgullosos  de sentirnos nosotros mismos cuando en esos momentos somos ellos.

Aquello de “el hábito hace al monje” ha dejado de ser una sentencia para convertirse en un hecho: somos lo que tenemos, o por lo menos eso imaginamos, o nos creemos. Ahora se estila lo superficial, ahora las apariencias no engañan porque queremos engañarnos. La imagen se ha vuelto tan poderosa  que nos convertimos en aquello que aparentamos ser, y nos lo creemos, así de fácil y de sencillo es hoy ser uno mismo.

La publicidad nos induce con cosas sugestivas, los anuncios televisivos actúan en nuestros impulsos,  aquello de: porque tú lo vales, para que estés radiante, te sientas bien, o para que seas tú misma, o tú mismo. Se ve que necesitamos de autoestima, de auto afecto, y los publicitarios lo saben. Necesitamos creerlo y nos lo creemos, y acabamos poniéndonos eso que nos hará parecer ser los seres más exitosos, los más bellos, los más maravillosos y eternos.

Son millones las personas que viven abducidas por el consumo. La industria conoce las necesidades de las masas, explota la vanidad humana, aún en plena crisis continuamos aparentando que mantenemos el tipo. Cada vez hay más gente que se cree lo que ve, lo que oye, lo que toca. ¿Por qué nos lo creemos? Es sencillo, los objetos que presumen un valor  -aunque éste sea vano- nos otorgan valor, los valores de mercado acaban sustituyendo los valores humanos. Es algo muy normal en una sociedad basada en la oferta y la demanda. Nuestra psique se ha simbiotizado con el ente biosocial. Poco a poco, y de manera descaradamente subliminal y sugestiva los mensajes van entrando.

La cirugía estética hará el resto, bastarán unas operaciones para parecernos más a quienes querríamos ser, aunque solo lo parezcamos es suficiente con parecerlo. El mundo físico ha vencido, la realidad material ha vencido a lo invisible e íntimo. El inconsciente colectivo se ha doblegado a las superficies, a las imágenes.
¿Cómo empezó todo? Las personas siempre han sentido estos influjos, basta con ver las pintas ampulosas de nuestros antepasados posando en los cuadros y habitando en sus suntuosos palacios y mansiones pomposas. En nuestro inconsciente persiste el afán de éxito y riqueza.

Tanto los hombres como mujeres gustan de la materia. Ellos quieren un gran coche, una enorme casa, un lujoso reloj, el mejor perfume. Ellas necesitan lo mismo y en igualdad. Esas cosas se pueden comprar aunque hipotequemos nuestras vidas, aunque estemos en crisis. Y si no se puede, siempre se podrá tener un aquello aunque sea de quiero y no puedo.

La liberación de la mujer también empezó en los centros comerciales. Los gobernantes encontraron multitud de nuevos votos y los empresarios hicieron su agosto haciendo vestir a aquellas damas que reclamaban igualdad de derechos. Vestidas de blanco desfilaron con los vestidos, trajes, sombreros, guantes, zapatos, perfumes y sombrillas de las grandes galerías que desde las grandes urbes florecían por el mundo entero. Aquella histórica marcha fue olvidada y enterrada porque mancillaba un capítulo tomado por épico en los libros de historia.

La moda supuso un hito en el nuevo paradigma basado en el capital y el consumo. Las calles de la época se llenaron de sombreros de copa y tocados multicolores, de vestidos de talle y frondosos visones; de tocados despampanantes y bastones bañados en oro; de tintes con melaninas y perfumes  almizclados. Multitud de firmas invadieron las ciudades y las villas rurales. La clase baja se disfrazaba de clase media, la clase media se camuflaba con la clase alta. Las calles se llenaron de neones,  de reclamos e incitaciones con contenidos eróticos. El virus consumístico lo invadía todo, levantaba pasiones, alimentaba tendencias y revoluciones.
Los modistos, los perfumistas vendían sueños. La gente al vestirse y perfumarse se sentía libre, especial, maravilloso, elegante y encantadora. Se adoptaron poses y andares de pasarela, se decoraron las expresiones y las facciones, se adoptaron lenguajes sinuosos y maneras superficiales. Ellas y ellos se sentían bien, con solo vestirse y asearse, al  perfumarse, al pasearse y codearse. La moda se acopló a los avances y los objetos cotidianos. La ropa, los tejidos, los zapatos, el perfume y el maquillaje se incorporaron a la psique y la personalidad de las gentes que acabaron viéndose a sí mismas tras un maquillaje, dentro de un vestido, envueltas en un perfume, reflejadas en un espejo o en el vidrio de un escaparate.

Son muchas las personas que se sienten a sí mismas con accesorios que se han convertido no solo en su piel, también en parte de su personalidad. Muchas mujeres y hombres acuden a las peluquerías a sentirse bien y hacerse terapia, o visitan los centros comerciales para superar complejos y frustraciones. El consumo alivia a las personas como si acudieran al confesionario. El consumo alivia los males como haría un cura o un psiquiatra. A falta de parámetros espirituales cualquier cosa último modelo hace de apaño: una tele de plasma, un móvil de nueva generación, un coche o una nevera inteligente ayudan a cubrir los vacíos.

Por eso digo que tengo fe en la moda, que creo en Dior. Podría decir que adoro a Santa Dolce Gabbana, a Santa Chanel, a San Versacce, San Armani, San Valentino, Santa Carolina Herrera y San Hugo Boss. Soy creyente apostólico practicante y lo demuestro cuando luzco esas santas y caras prendas de enormes logotipos  -aunque estén fabricadas por chinos-, y paseo además su publicidad de forma más incondicional y gratuita.


 ¿No me convierte eso en buen Crihstian-o de Dior?

ANDREASS

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